Por Fernando Rojo Betancur
Enero 2, 2026
El arte de los jóvenes artistas emergentes hoy posee esa frescura de quijotismo, de contemplación ensoñada y de ese intersticio entre el sueño y la vigilia, entre lo imaginario y lo real, en una alquimia o crisol de estilos y movimientos como el expresionismo, la nueva figuración, la abstracción (lírica y geométrica), el surrealismo, el action painting y la pintura y el dibujo gestual. De este modo, se configura un lenguaje plástico que articula libremente estos lenguajes a través de nuevos medios y soportes dentro del universo de las nuevas tecnologías (en un mundo digital de exceso y saturación de imágenes e iconografías).
Después del declive de las vanguardias, del arte moderno y de los desarrollos plásticos de la posmodernidad, los artistas enfrentan el desafío de reinventar el arte, aun cuando parezca utópico, aplicando y reinterpretando fuerzas estéticas y semánticas. Esto es posible porque poseen el bagaje histórico de las imágenes en retrospectiva, con pleno acceso al pasado o a la tradición de la pintura a través de la información contenida en libros, publicaciones o enciclopedias. Además, pueden releer la historia y la historiografía del arte o su estética no solo en museos, galerías o colecciones, sino también a través de Internet, plataformas y medios masivos en la era de la Revolución Digital. Todo ello se va condensando gradualmente en su cultura visual.
La obra de Tomás Salazar presenta esta especulación sobre la condición humana, en contraste con las experiencias vitales, lo metafísico y lo trascendente. También se nutre de la academia y la experimentación, de la libertad, la innovación y la expresividad. No debe olvidarse que su generación es televisual, habiendo crecido bajo la influencia y el impacto del cine, el diseño, la publicidad, la literatura, la televisión y el auge de Internet. Todos estos elementos dan lugar a estilos visuales eclécticos, y dentro de este contexto surge también otra posibilidad: la dificultad o el riesgo de etiquetar a un artista que puede ser camaleónico y dedicarse a explorar simultáneamente, o dentro de sus procesos, múltiples medios expresivos o géneros del arte contemporáneo, como la performance, la instalación, la pintura gestual, el dibujo expandido, el videoarte, etc. Sin embargo, Tomás, más allá de modas o tendencias, continúa apostando por la pintura como medio y soporte comunicativo, sin dejar de confrontar la realidad y su propio mundo interior —neobarroco, dramático, emocional, fragmentado, rico y sugerente—. Su compromiso con el arte denota y connota una búsqueda ontológica, un sustrato existencial.
Tomás no abandona el rigor de una visión casi ascética de la pintura, ni el compromiso con el oficio del pintor, con la constancia y la disciplina en el dibujo y el gesto pictórico, nutridos día a día a través de la práctica, el trabajo de laboratorio y la experimentación académica o personal. Por lo tanto, su proceso plástico, pictórico y artístico no es un nihilismo juvenil ni una rebelión existencial o idealista sin causa; es un compromiso con su identidad como artista, que comprende profundamente el poder de enunciación de la imagen en contraste con la palabra.
La pintura y la ilustración son lenguajes polisémicos, dinámicos y expresivos, con múltiples posibilidades semánticas y comunicativas. Son lenguajes que permiten el autoconocimiento más allá de la mera creatividad, la virtuosidad, el talento innato o el dominio de técnicas artísticas puristas o tradicionales. En su obra hay control, conciencia de lo que se hace, principios y fuerzas vitales, fuerzas telúricas, cargas ontológicas y sustratos de lo humano y lo trascendente.
La metáfora (basada en la semejanza) y la metonimia (basada en una relación de contigüidad: causa–efecto / parte–todo) en la imagen son figuras retóricas que también funcionan como recursos semánticos, permitiendo al artista ir más allá de la imagen figurativa meramente literal o mimética. Estas figuras presentan una red o capas de significado que generan efectos estéticos o emocionales en el espectador que observa la obra y entra en diálogo con ella.
La evolución de la historia universal del arte, particularmente en la pintura, nos ha enseñado cómo la fuerza y las temperaturas del color —que es un elemento compositivo y expresivo fundamental— o la fuerza y el poder de las formas operan como termómetros de la naturaleza humana, que puede representarse en decadencia y fragilidad o elevándose más allá de sus límites, renaciendo o reinventándose. La obra de Tomás es el germen de una esencia generosa, sublime, romántica, idealista y contemplativa. Intenta contener la vastedad del alma humana, los fenómenos del entorno o de la realidad, la fantasía y la imaginación, así como las pasiones o tensiones que allí surgen. En la pintura hay diversos sentimientos; hay una emoción que se captura y se transforma en gesto o imagen, por ejemplo, cuando se evoca la obra pictórica de artistas como Mark Rothko, Jackson Pollock, Arshile Gorky, Willem de Kooning, Caspar David Friedrich, Edvard Munch, Vincent van Gogh, Roberto Matta y, en el contexto colombiano, el pintor hispano-colombiano Alejandro Obregón y el caleño Pedro Alcántara Herrán.
En la pintura de Tomás Salazar, fuerzas simbólicas, trazos vigorosos y expresiones formales permiten soluciones plásticas que superan las convenciones iconográficas. Desde las categorías estéticas del arte, debe reconocerse que el género artístico de la pintura resiste a desaparecer; más bien, podemos decir que se transforma. La materia pictórica continúa configurándose como un lenguaje en el que se intercambian reacciones, masas y energía. El arte es una forma de conocimiento, y la pintura no se excluye de estas posibilidades.
En las configuraciones artísticas actuales, el orden de lo visible puede ser alterado, subvertido, deconstruido o destruido expresivamente para crear una nueva realidad alternativa. Hoy, al confrontar la realidad que afecta al pintor, aún es posible disociar la historia y las narrativas tradicionales y establecidas de la imagen, y especular ampliamente con la imagen a través de la práctica pictórica. Hablamos de posfotografía, poshistoria, y también podemos hablar de pospintura cuando observamos, por ejemplo, las elucubraciones o manifestaciones de la pintura expandida, o de una pintura que, desde el informalismo, se ha convertido casi en un objeto tridimensional o escultórico, con una estructura poética altamente dramática.
En el arte contemporáneo, y en la realización de una pintura de caballete sobre bastidor, ocurre con frecuencia que el aspecto procesual de la pintura prevalece sobre la forma, sobre la obra concebida como un trabajo pictórico acabado. El artista dialoga con los materiales, aprovecha los acontecimientos imprevistos, interroga la materia pictórica y se proyecta en ella.
En la estética y la iconografía de la pintura de Salazar, pasamos de la contemplación de la calma y la serenidad a percibir reflejos de experiencias emocionales y psicológicas intensas, donde la conciencia misma es profundamente explorada o las pasiones son exaltadas, así como los aspectos bellos o monstruosos de la naturaleza humana. Las mitologías personales manifiestan una libertad interior, el riesgo audaz asumido en la pintura más allá de las convenciones académicas o retóricas, haciendo visible así la subjetividad individual del artista. Presenciamos algo similar al vértigo de un existencialismo abisal, o la posibilidad de ser absorbidos por la naturaleza y sus fuerzas cósmicas, indómitas o telúricas. Aquellas imágenes que nos sobrecogen, que permanecen en la memoria y la imaginación, provocando emociones profundas o experiencias inmersivas, son “despertadas” a través del gesto pictórico, mediante el espesor o el empaste expresivo de la pintura (profundidad, perspectivas forzadas o angulares, contrastes cromáticos vibrantes, composiciones dinámicas que nos sumergen en la estructuración de paisajes interiores que emergen y se revelan como en un estado primordial o de animación suspendida, en imágenes pulsantes o violentas que expresan una especie de vibración nerviosa o respiración exacerbada). Las imágenes se convierten en signos icónicos que van más allá de la figuración, las tendencias representacionales o la retórica; su significado evoca una presencia fantasmal que permanece en un mapa o espacio mental, un paisaje interior multidimensional.
El artista nos asombra y nos permite conectar con él, con su mundo interior, con lo inmenso, lo misterioso, lo enigmático, lo melancólico, los símbolos y los arquetipos—todos elementos que desafían nuestra percepción cotidiana. Tomás, en su pintura, es un niño, un poeta, un taumaturgo, un sabio que no envejece, un capitán de navío o el propio barco navegando el mar, un tritón mítico de aguas insondables, un ave indómita que escudriña la tierra, un caballero medieval o su caballo desbocado, un astronauta en el espacio exterior, un meteorito iridiscente de fuerza impetuosa.
En su obra, Tomás Salazar no abandona por completo el naturalismo, el realismo, el paisaje, el retrato o la representación de objetos, como herencia de tantos estilos del arte, ya sea del siglo XIX, del arte moderno o de las vanguardias. Sin embargo, el nivel de iconicidad en su pintura puede variar, adaptándose a la intención del pintor, a su poética y retórica visual, para lograr imágenes impactantes que trasciendan lo obvio o lo literal. Su arte problematiza la realidad a través de la representación, conduciendo a diversos significados y a distintos planos o niveles de realidad, dentro de una búsqueda continua de sentido.
La materialidad de la pintura y los soportes convencionales o tradicionales se manifiestan a través de una narrativa autorreferencial y autoetnográfica. En su iconografía, Tomás produce imágenes expresivas y denotativas, pero también connota temas velados e imágenes de fuerza simbólica, donde la perspectiva renacentista o euclidiana de la representación puede ser deconstruida, como en el cubismo, el collage cubista o el constructivismo.
En este caso, Tomás—artista inicialmente de taller—, a través del contacto sensorial con la naturaleza y no solo mediante la exploración de sus propias emociones, observa en silencio el entorno natural, la vastedad del campo, el mar, el cielo, la tierra al aire libre (recordándonos más a los románticos europeos del siglo XIX que a los impresionistas), y se aventura en la experiencia de ser un artista que desarrolla la percepción en el exterior, incluso a través de la fotografía. La experimentación con materiales y técnicas en la pintura y la escultura forma parte de su premisa de libertad, que equilibra lo académico y lo subjetivo; el poder de lo óptico (lo visual) y lo háptico (el tacto), en armonía o consonancia con la memoria.
El pintor nos sumerge en la naturaleza táctil de sus sueños, involucrándonos como testigos de su microcosmos. En su obra podemos encontrar desde una austera economía de color en la paleta hasta un cromatismo barroco profuso que alude al goce sensual y al placer que posibilita el color, resignificando así el concepto, el significado, el contenido, la poética y la forma.
Las imágenes o representaciones de seres humanos, animales u objetos no siempre son claras; también son sugeridas, veladas, envueltas en crisálidas, capullos o veladuras—“conectadas” con algo o alguien precisamente a través de estos velos, así como mediante la forma y el color. Algo ritual ocurre en la pintura; los cuerpos, en su dramaturgia, se enlazan o se disuelven, dejando una presencia física o mental, una huella o impronta, un signo que permanece, operando casi como una arqueología o detrito de la memoria, una metáfora entre el cuerpo y las pasiones, entre lo racional y lo irracional. Relatos anacrónicos del pasado se entrelazan con imágenes intuitivas del presente.
El universo pictórico de Tomás se manifiesta a través de formas misteriosas, estrellas que se eclipsan o colisionan, cuerpos celestes envueltos en pálidos resplandores, el germen de una naturaleza mítica, del origen fundacional de paraísos perdidos. También se expresa mediante símbolos que aluden a elementos como el amor, el erotismo, la belleza, la guerra, lo trágico, la victoria y la derrota, el azar, el juego, la vida y la muerte (las pulsiones de eros y tánatos), el honor, la nobleza, la lealtad o la deslealtad, lo siniestro, lo ambiguo, lo dulce, lo amargo, la fragilidad y la fuerza. El artista hace visibles las correspondencias secretas entre estos elementos; la abstracción de todos estos conceptos los transforma en elementos orgánicos, en metáforas de la vida que gravitan a través de diversos escenarios y dimensiones afectivas.
El valor semántico de la imagen reside en cómo la obra se configura como un sistema comunicativo. En sus pinturas, la violencia o el drama se suavizan o se contrastan con la belleza fuerte y frágil de los objetos y las formas. Hay un vigor creativo manifiesto, un refinamiento gradual y progresivo de estas formas, donde lo trágico es atemperado y sublimado por la belleza.
Muchas de sus pinturas revelan la curiosidad innata del artista por observar los fenómenos cotidianos, dando lugar a soluciones formales de la imagen, ya sea mediante un paralelismo o contraste entre abstracción y figuración presentadas simultáneamente, o entre lo telúrico y lo etéreo, la imaginación y la fantasía, lo mítico y lo mágico. El tiempo de Chronos, el tiempo de Kairós y lo atemporal se intersectan y se dislocan. Todo emerge de la reflexión, de indagar en su interior en contraste con la realidad, para devenir pintura.