"El Tiempo en el Hierro: El Escuchar Secreto de Tomas"

POR RAFFAELLA SOLFANELLI

Junio 14, 2026

Conocí a Tomas en noviembre de 2025, en Roma, durante una exposición colectiva. Recuerdo perfectamente ese momento: en medio de tanto ruido visual, sus obras pictóricas poseían una vibración diferente. Me quedé completamente fulminada. Había una madurez antigua en sus gestos, un talento tan cristalino e incuestionable que resultaba casi increíble para su corta edad. Allí comprendí que no estaba ante un simple ejecutor, sino ante un alma guiada por una urgencia creativa auténtica, pura, sin contaminar. 

Hoy, verlo debutar en la escultura es la confirmación de aquel presentimiento. Es la evolución natural de un artista que no sabe ni quiere quedarse en la superficie del mundo, sino que necesita excavar, enfrentarse a la materia profunda. 

Tomas no modela la forma: la corteja, la desafía y, finalmente, la escucha. 

Su viaje comienza con una chapa plana, rígida, fría, cargada de una tensión interna y una resistencia que parece rechazar la intrusión humana. Comienza así un ritual de gestos físicos y precisos: plegar, soldar, cortar, marcar, limar, pulir. Pero aquí no hay la pretensión de un control absoluto. Tomas no impone su voluntad sobre el hierro como lo haría un alfarero con el barro o un escultor que sustrae la piedra. Lo suyo es, más bien, un control del tiempo. En ese cuerpo a cuerpo con el metal, el artista entra en un estado de conciencia profunda, una dimensión meditativa donde los segundos se dilatan y el ruido del mundo se apaga. 

Hay un instante preciso en el proceso donde el material deja de ser un adversario: “Siempre yo toco el material, pero llega un momento cuando me dejo tocar yo”. En esta confesión reside el corazón latente de esta exposición. La rigidez cede, el frío se vuelve confidencia. Es el momento en que el artista acepta ser tocado por la materia, volverse vulnerable ante ella. Solo cuando empieza a entenderlo y a escucharlo de verdad, el hierro le otorga el poder de transformarlo, enviándole señales invisibles, susurrándole por dónde doblar o dónde trazar una línea. 

Cada pieza expuesta es, por tanto, un manifiesto de desobediencia geométrica. El proceso de Tomas no es la ejecución sumisa de un plano o de un boceto previo; el papel soporta leyes que el hierro vivo rechaza. En el momento en que la piel del artista colisiona con la temperatura física y la hostilidad del metal, el plan original se disuelve. Es una renuncia consciente a la dictadura de la línea recta. La obra reniega de su propia maqueta para entregarse al accidente sagrado, a la deriva y a la mutación, encontrando su verdadera identidad solo cuando se desvía del camino previsto. 

Las esculturas que habitan este espacio no son objetos cerrados; son fragmentos de un diálogo íntimo que sigue latiendo. Son el diario métallique de un joven artista que ha tenido el coraje de soltar el control para dejarse guiar por la voz secreta de la materia. Una exposición que no solo nos invita a mirar la forma, sino que nos exige, con el corazón, aprender a escuchar.

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