Su viaje comienza con una lámina de metal plana, rígida y fría, cargada de una tensión interna y una resistencia que parece rechazar la intrusión humana. Comienza así un ritual de gestos físicos precisos: doblar, soldar, cortar, marcar, limar, pulir. Pero aquí no hay ninguna pretensión de control absoluto. Tomás no impone su voluntad al hierro como lo haría un alfarero sobre el barro o un escultor extrayendo piedra. Lo suyo es más bien un control del tiempo. En este encuentro físico con el metal, el artista entra en un estado de profunda conciencia, una dimensión meditativa donde los segundos se dilatan y el ruido del mundo se desvanece.